¿Qué ocurre?

«Bueno, pones al bebé cerca del pecho y ya está... ¿No?»

La realidad es que para muchas mujeres la lactancia no es un camino de rosas. Los pezones se enrojecen, en muchas ocasiones se agrietan, las tomas se hacen eternas y al tercer o cuarto día los pechos se llenan de leche, se endurecen y el bebé mama más y más...

«Ay no, por favor, aquí vamos otra vez... Otra toma...». El placer se ha convertido en sacrificio: aparecen las lágrimas en el rostro, la mandíbula apretada, los hombros tensos... «Todo por mi hijo...».

Pero, ¿tiene que ser  así?

¿Quieres saber más?

¿Pero por qué llegamos a esta situación? Todos los bebés nacemos programados para mamar. Nos va literalmente la vida en ello. Toda nuestra existencia consiste en hacernos notar a través del llanto para que nos acunen, nos mimen, nos alimenten, nos besen. La lactancia es algo más que comida, también es bebida... pero sobre todo, afecto.

Las mujeres, sin embargo, raramente hemos visto dar de mamar a nuestras madres, tías, primas, hermanas... Hemos leído libros hasta la saciedad, eso sí... Pero lo hemos visto poco; algunas de nosotras, nada de nada.

Y nace nuestro bebé... Le acercamos al pecho. Es más, le introducimos el pecho en la boca en un acto bien intencionado para ayudarle... Pero algo no va...

Y aparece el gran fantasma de muchos pospartos: LA CULPA. «Soy mala madre... Mi leche no alimenta... No sé qué pasa».

Se necesita apoyo, escucha, comprensión e información para disipar esa sensación de desborde; para dejarse fluir; para disfrutar de la lactancia; para descubrir que si los dos (bebé y mamá) se encuentran en un ambiente de protección emocional, sabrán perfectamente lo que tienen que hacer.

La lactancia tiene que ser placentera y ausente de dolor.

¿Qué me ayuda?

Mi sugerencia es que busques ayuda a través de tu matrona o de una buena asesora de lactancia. No hay ninguna pregunta tonta, solo la que no se formula. ☺